Still Life: Una historia de soledad solidaria

 



Vivir significa ensuciarse las manos. Vivir significa saltar con valentía. Vivir significa caer y golpearse la cara. Vivir significa ir más allá de ti mismo… entre las estrellas

Leo Buscaglia


La soledad solidaria es necesaria como lo es el farero que trabaja para que la navegación colectiva no se estrelle

Luis García Montero


Uberto Pasolini nos ofrece con su minimalista Still Life (2013) toda una joya cinematográfica cuyo protagonista es un hombre solitario y rutinario que trabaja como funcionario municipal encargado de encontrar los allegados de las personas fallecidas en soledad. En una entrevista concedida al medio Cineuropa (https://cineuropa.org/es/interview/249424/) comenta que su título tiene distintas lecturas: “significa vida quieta como la del protagonista, así como todavía vida, el significado más importante para mí. En italiano (y en nuestro idioma) además se puede traducir como naturaleza muerta, pero mi película va sobre la vida, no sobre la muerte: es una película sobre el valor de la vida de la gente”

Cabe destacar –además de su lúcido guion- su excelente fotografía, especialmente por el estudiado uso del color como expresión de estados emocionales, y el gran trabajo actoral del veterano Eddie Marsan quien es John May, el protagonista de esta ficción inspirada en hechos reales

 

Debo advertir que el análisis que sigue contiene spoilers

 

Empatía

Pasolini nos sumerge con extrema sensibilidad en el día a día del empático funcionario quien mucho más allá de las responsabilidades de su oficio busca honrar a cada una de las personas fallecidas en soledad. Y en ese sensible retrato del empático se nos despierta nuestra empatía por John May

Lo vemos investigando laboriosamente a través de pistas que encuentra en sus domicilios con el fin de conseguir que el finado pueda estar acompañado en su funeral. Y mirando de convencer con sumo tacto y respeto a los a menudo dolidos familiares y amigos para que hagan el gesto de asistir a sus honras fúnebres

Pocas veces tiene éxito en su empeño, así que lo vemos en numerosos funerales como único acompañante de personas que sin haberlas tratado “conoce” gracias a su delicada labor investigadora

Para John su oficio lo es todo, en él aboca su corazón y en él de alguna manera busca dar sentido a su asumida soledad convirtiéndola en soledad solidaria



Soledad espacial y personal

Porque él vive solo, no tiene amigos y se relaciona bien poco con sus compañeros de trabajo. Su soledad se refleja en su silencio, en su persona toda –qué gran caracterización la de Eddie Marsan, su mirar, sus gestos, su caminar- y en sus espacios interiores. En efecto, tanto su oficina municipal como su vivienda transmiten aislamiento casi gélido y rigidez; todo está sumamente ordenado y planificado en esos espacios rutinarios

Y más allá de ello, su población se nos muestra teñida de soledad. Hay pocas personas en las calles por las que un John siempre cartera en mano transita y muchas de ellas parecen también extremadamente solitarias. Soledades interiores y soledades exteriores que se comprende son reflejo de un presente –el nuestro- que tiene a la soledad no deseada como problema social creciente

En este sentido y a propósito de la soledad central retratada, se entiende que John busca salidas a su estancamiento o una mejor vida a través del contacto con la de sus más que “clientes”. Y es que en esas investigaciones el rutinario se abre a lo distinto e incluso a lo inesperado



Fotografías, vidas

Para John esas personas son más que casos a resolver, son algo así como allegados que permanecen en él por siempre. Se evidencia en su guardar sus fotografías en un gran álbum que consulta a menudo rememorando esas vidas investigadas, esas vidas empatizadas, esas personas valoradas más allá de los juicios negativos sociales. Impresiona verlo contemplándolos a todos en un respeto que ellos quizás nunca sintieron y pasando las páginas con sumo cuidado, casi acariciándolas

Consciente del gran poder de las fotografías, John elaborará un álbum con las recogidas en el domicilio de un hombre en el que será su último caso, imágenes que muestran a una niña y que sabrá son las de su hija. Ese álbum de aspecto idéntico a los suyos servirá para intentar que Kelly (así se llama la hija por él localizada ahora ya mujer e interpretada por Joanne Froggatt) acepte asistir al funeral de un padre que pese a tanto nunca dejó de tenerla en su corazón, las fotos bien conservadas entre el caos de su vivienda/vida lo prueban

Ese caso es el último porque el ayuntamiento ha decido despedirlo por el elevado coste y tiempo que John dedica a cada ciudadano muerto en soledad. Y quizás por ese motivo su empeño será –si es posible- aún más intenso. Y más cuando poco a poco sienta que probablemente por primera vez en su vida hay alguien que lo valora

En efecto, Kelly se da cuenta de la gran empatía y la extraordinaria dedicación de ese hombre que le habla de su padre como si fuera su mejor amigo. Y en ese darse cuenta de su grandeza de corazón se sentirá atraída por él y recíprocamente John por ella; dos almas heridas resonantes

Es bello ver cómo cambia John en sus expresiones, en su moverse y en su modo de afrontar el día a día que se refleja también en la fotografía del filme que adquiere colores más brillantes. El hombre del control absoluto anda algo descontrolado lo que nos llevará a un sorpresivo final en dos fases que es belleza trascendental y da sentido al “todavía vida” significado en el título, pero mejor verlo y sentirlo, mejor dejarse impresionar por la sensibilidad de Still Life

 


 


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