La tarta del presidente: Del sufrimiento infantil y el silencio cómplice
Cuando haces
una película, no solo es porque tienes una serie de recuerdos, sino porque
también tienes preguntas, y para mí la pregunta fue ¿por qué ese silencio? Y no
solo por parte de amigos y vecinos, sino también por parte de la comunidad
internacional
Hasan Hadi
Así reflexiona el comprometido director iraquí a propósito de su excelente La tarta del presidente (2025) en una entrevista concedida a Cineasiaonline (https://www.cineasiaonline.com/entrevista-a-hasan-hadi-director-de-la-tarta-del-presidente/)
Y es que la película nos sumerge en la dureza del día a día de dos niños amigos que como casi todos sus compatriotas vivencian las nefastas condiciones de vida en un régimen totalitario, el de Sadam Hussein, que sufría además en el 2003 retratado los racionamientos y los bombardeos de las fuerzas estadounidenses y sus aliados. Una operación justificada por la mentira –se comprobó así- de que el régimen disponía de armas de destrucción masiva
La suya es la misma dureza que sufren hoy en día niños de todo nuestro convulso planeta, la infancia palestina o ucraniana por poner ejemplos de la desafortunadamente larga lista. Una realidad que muchos no quieren mirar ni sentir hasta el punto de promocionar la construcción de muros que impidan que estos niños vivan mejor, muros mentales, muros de ayuda económica y muros físicos de fronteras alambradas o devoluciones ciegas en una insensibilidad que estremece y que nos deshumaniza como individuos y sociedad
Esa es la razón de ser de esta película que
entiendo hay que ver pese a que duela. Antes de seguir con el análisis –que
debo advertir contiene spoilers- quiero resaltar el gran trabajo actoral de sus
protagonistas no profesionales, especialmente el de la pequeña Baneen Ahmad
Nayyef quien da excelente vida a Lamia, la protagonista principal de esta
historia
Celebración versus hambre
La acción transcurre durante los días de celebración del cumpleaños del dictador. Un dictador que como todo tirano –incluso si ha sido votado democráticamente- lo monopoliza todo en imágenes/nomenclaturas y mucho más allá de ellas en el día a día del pueblo por su dañina naturaleza egoica insaciable
Queda claro en las numerosas escenas que nos muestran las calles con gentes desfilando ensalzando su figura e incluso en la escuela retratada donde todo gira en torno al omnipresente dictador
Por ese motivo en la clase de Lamia se realiza un sorteo para elaborar una tarta en honor del tirano, sorteo envenenado que “gana” ella. Y es que ¿cómo hacer una tarta en un país donde la gente pasa hambre?
Sólo unos pocos privilegiados pueden conseguir
alimentos suficientes ya sea utilizando su poder –el maestro por ejemplo quien
le roba una manzana a Lamia, su única comida del día- o gracias al tener mucho
material. Para la gran mayoría del pueblo –adoctrinado o no- la realidad es
lacerante porque la poca comida disponible tiene unos precios exorbitados
La ciudad sin alma
Por este motivo la abuela de Lamia –con ella vive la niña en una humilde cabaña en las marismas- decide llevársela a la ciudad al cuidado de un amiga. La anciana sabe que no podrán obtener los ingredientes y en consecuencia hacer la tarta lo que supondrá un durísimo castigo para su nieta (y para ella misma)
La vemos dejarla en esa agradable casa asegurándole que allí la cuidarán. Pero en un descuido se escapa con su gallo Hindi en brazos y la cartera de la escuela a sus espaldas (la imagen de la carga de responsabilidad impostada por su maestro). En su primer descanso le dice a su amigo animal, se dice a sí misma, en inusitado valor “No te preocupes Hindi, estoy contigo”. Y en ese decirle/decirse podemos entender que el gallo simboliza su poderío
Hadi nos sumerge en su deambular por esa ciudad sin alma donde los niños son invisibles y en la que la gente actúa egoístamente buscando sobrevivir como sea y a costa de quién sea, allí todo tiene su precio monetario
Ese desinterés lo vivencian Laima y también Saeed, su amigo de las marismas a quien encuentra en un parque de atracciones en el que este espera hallar a su padre. Dos niños amigos sin padre buscándose la vida para conseguir los ingredientes para hacer la tarta. Dos niños que lo pasan mal y son engañados por los adultos pero, pese a ello, dos niños que en ocasiones juegan como niños que son. Especialmente él, es bella la escena en la que lo vemos disfrutar con un globo rojo en el exterior de la mezquita donde su amiga reza
Y afortunadamente un hombre de corazón en ese inhumano
mundo adulto de las calles, los comercios y los agentes del orden. En efecto,
la misión de conseguir los ingredientes será un éxito gracias a la dedicación
de un cartero bien posicionado con los mandos policiales. Un hombre que
mantiene el buen humor pese a tanto y que acompaña a los niños a su regreso a
las marismas en respetuoso silencio por el dolor de Lamia…
Mirar, mirarse, mirada
El dolor por la muerte de la abuela a la que llevan en su féretro para enterrarla en su tierra. Una abuela que encarna las raíces familiares de Lamia y quien le hablaba de que mirara en las aguas de las marismas porque vería “el rostro del amor”
Es bella la escena del rito fúnebre en la noche estrellada, las distintas barcazas portando a las gentes de esa comunidad que pese a tanto en contra tienen mayor humanidad que las de la ciudad. Y emotiva la que nos muestra a Lamia mirando su cara reflejada en esas aguas-hogar tranquilas, su cara que pronto muta a la de su amada abuela
La película finaliza retratándonos cómo la madre de Saeed ayuda a Lamia a elaborar la tarta, tarta que el profesor aprueba. Y tras el aplauso de todos los alumnos suenan las sirenas y caen bombas en la población
Los dos amigos se protegen bajo sus pupitres, Saeed –cómo no- le propone jugar a su recurrente reto de mirarse sin parpadear. Lo hacen entre humaredas y estruendos. Lamia pestañea y mira llorosa a cámara, lo hizo antes en repetidas ocasiones en su dura odisea urbana
En esa mirada profunda de esta niña forjada a sí
misma con la que finaliza la película anida el desgarro. Un desgarro que es el de demasiadas infancias desatendidas que claman reparación. Y
es que Lamia ha elaborado una tarta con azúcar para una vida dulce según la
tradición matriarcal de su comunidad pero lamentablemente esa tarta, esa vida
no es para ella ni para tantos niños como ella. Hadi nos zarandea para que dejemos atrás nuestro silencio cómplice y actuemos a favor de los niños sufrientes en la medida que cada persona pueda actuar













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