The sea of Trees: Retrato de un hombre que sintió la necesidad de suicidarse

 



La vida no tiene opuesto… Lo opuesto de la muerte es el renacimiento... La vida es eterna

Eduard Tolke

 

Mientras revisaba para publicar en APD este ensayo que en su día editó el diario CyL, supe que mi amigo escritor Aníbal Ricci se había suicidado, esas extrañas “coincidencias” de la vida. Conocí a Aníbal precisamente en mi etapa de redactor en CyL, él también colaboraba en este medio digital chileno hablando de cine, pasión que ambos compartíamos. Nos ha dejado un grande de la escritura cuya obra reflejaba su a menudo difícil día a día. Podría hablar de él –de hecho lo hice ya en dos artículos publicados en ese diario de encuentro y a propósito de sus libros- pero creo que es mejor que comparta aquí el enlace del sensible homenaje que le dedica Juan Mihovilovich, uno de los mejores escritores chilenos de todos los tiempos, y que publica también CyL

A la memoria de Aníbal y Olga, otra amiga que como él sintió la necesidad de suicidarse y decidió hacerlo, dedico de todo corazón este artículo





Lugar para morir

El bosque Aokigahara japonés es el “mar de árboles” en el que transcurre la acción de la excelente The sea of Trees (2015) dirigida por Gus Van Sant, un poético título –que ya en el inicio visualizamos bellamente en la danza arbórea al viento a vista de pájaro- pero que desafortunadamente ha sido substituido por el convencional y desacertado El bosque de los sueños en la versión española

Ese “mar de árboles” original es un territorio enigmático fuertemente arraigado en la tradición local como un “buen lugar para morir” y que en estos tiempos de información globalizada es visitado por desesperados de todo el mundo. Y es la desesperación de tantos humanos que encuentran en el suicidio su única salida el tema central de esta bella y valiente ficción cinematográfica. Pocas son las obras audiovisuales entorno a ese tabú social –tabú aún, pese a algunos recientes avances-, de ahí su valentía y Gus Van Sant lo aborda en un bello retrato pausado e íntimo donde los sentimientos reprimidos afloran. No obstante la película fue vapuleada por gran parte de la crítica y del público entre otras razones por su sentimentalismo (otro, a mi entender, lamentable tabú social)

 

Antes de proseguir debo advertir de los inevitables spoilers en el análisis que sigue

 


Ensimismamiento oscuro

El norteamericano Arthur (Matthew McConauhgey, perfecto en un personaje nada fácil) que acaba de enterrar a Joan, la mujer de su vida, se adentra en ese bosque de muerte, ha decidido suicidarse allí. Se mueve como un zombi, tras el trauma es más un autómata que un humano

Se nos muestra cómo deja el coche aparcado con la llave en el contacto en el aeropuerto antes de volar a Japón, el coche como imagen de la vida que uno conduce en la búsqueda del propio camino, el coche que Arthur nunca más va a conducir como imagen de su voluntad de abandonar esa búsqueda, como imagen de su deseo de morir

Al poco de adentrarse en el bosque aparecen grandes rótulos con todo tipo de mensajes disuasorios como “Piensa en tus padres, en tu familia” o “Por favor, piénsalo de nuevo. Sólo tienes una vida, cuida de ella” Mucho que decir de esos mensajes, de esos “piensa” a gentes desesperadas a las que les es muy difícil pensar más allá de su oscuro ensimismamiento

Llama la atención que ante una realidad como la de ese bosque de suicidio donde van a morir más de cien personas cada año, las autoridades pretendan poner remedio con esos carteles, unas pocas cámaras y algunas vallas fáciles de saltar. Servicios mínimos –maquillaje del “quedar bien”- para un gran problema social que es de todos. Porque el suicidio –tan escondido en noticias y estadísticas de todo los países del mundo- es fiel reflejo de que demasiadas cosas no funcionan en nuestras falsas sociedades del “bienestar”

Entiendo que no es el acallar conciencias propias con el fácil “son ellos” los que se adentran a la muerte, “nosotros” ya se lo advertimos. Nada se soluciona desde esa abismal distancia, sólo es posible ayudar a través del “darse cuenta” del ser doliente gracias a la empatía del que lo escucha y lo abraza en su desesperación humana. Difícil ese atender individual para un estado, pero sin duda muy mejorable ese despersonalizado e inútil advertir

Así que –como tantos otros antes- Arthur sigue adelante con su último objetivo, no le disuaden ni los cadáveres que va encontrando de otros que como él han escogido ese lugar para morir. Y empieza a tomar las pastillas de su suicidio –las que recetaron a su mujer, las que le evocan su indeseada muerte-



Buscando ayudar

Pero decide interrumpir su ingesta al observar a otro hombre que deambula- tan abandonado como él- sumido en llanto desesperado. Aún en las puertas de la muerte, aflora en Arthur su corazón noble y acude en ayuda de ese desconocido

A partir de ese salir de su ensimismamiento doliente se produce una transformación gradual en Arthur gracias a ese hombre –japonés- cuyo nombre es Takumi (Ken Watanabe). Él decidió no seguir viviendo –que no es lo mismo que el desear la muerte que embarga a Arthur, un sentimiento mucho más poderoso- por la frustración de quien ha perdido el empleo y no puede mantener a su esposa e hija. O el arquetipo anacrónico del hombre cuya función es salir al mundo para ganar el sustento de los suyos, un arquetipo que en algunas culturas –al parecer la japonesa- aún tiene gran peso. Pero tras fracasar en su intento de suicidio, Takumi recapacita y expresa su deseo de regresar al hogar

Y lo que en un inicio es la ayuda de Arthur para que ese hombre lesionado encuentre la salida del bosque de la muerte, acabará siendo la sabia ayuda de Takumi a su noble acompañante. En ese transitar buscando la salida física, el japonés desnuda su sentir y expresa sus creencias animistas. Le escucha un Arthur que nada explica de sí mismo y que –como hombre de ciencia que es- sólo cree en lo que es demostrable científicamente

Ayudando a caminar a Takumi en ese denso bosque de simbólicos claroscuros -espléndidamente fotografiados-, Arthur se muestra cada vez más despierto aunque con las fuerzas mermadas sin poder evitar caer en distintas ocasiones. Las caídas que –entiendo- simbolizan la progresiva caída del personaje científico y controlador que él adoptó hace demasiado tiempo, personaje frío que le alejó de Joan

En efecto, mediante flash backs vemos cómo era Joan (gran interpretación la de Naomi Watts) y cómo era su vida en común. Ella estaba disgustada con Arthur por una infidelidad no confesada y por su obsesiva dedicación a su trabajo. En gran parte por todo ello Joan se refugiaba en la bebida, su punto débil. Discutían, pero él seguía cuidándola con el mismo amor de siempre

Todo cambia tras el diagnóstico del tumor cerebral de Joan. El dolor y el miedo a la muerte los acerca, vuelven a ser pareja unida pero a los dos les sigue costando desnudar sus almas y abrazarse en el perdón. Arthur queda impactado por su repentina muerte, estaban conversando y en un juego de preguntas él no supo identificar cuál era el color favorito de la mujer de su vida

Así se lo explica a Takumi en la bella escena junto a un reparador fuego en plena noche de ese poderoso bosque. Por fin deshace su protectora armadura con sentidas lágrimas y abre su alma. Cuenta que acudió allí no a causa de la pérdida, ni por el luto, él vino por la culpa. Y roto confiesa su error al tratar a su esposa de la forma como la trató, e igualmente en sentido inverso: “ahora ninguno de nosotros dos va a tener la oportunidad de decir: lo siento”

O la incapacidad para pedir perdón y perdonar que convierte los –a menudo inevitables- errores de uno en pesadas piedras de dolor que cargamos a nuestras espaldas (la culpa) o lanzamos a los que se nos acercan (el resentimiento, la intolerancia)



Renacimiento

Takumi le ofrece esperanza desde su sentir animista. El hombre cree que Joan está escuchando ahora en ese bosque de almas en tránsito pero Arthur dice no entenderlo así y a continuación arroja el tarro de pastillas al fuego en un acto de afirmación de vida “a pesar de” el gran vacío que le ha dejado la muerte de Joan

Con fuerzas renovadas –renacido- Arthur asume salir de ese bosque de almas –salir de su bosque anímico- prometiendo a su compañero -demasiado debilitado- que volverá con ayuda. Así lo hace tras lograr su objetivo una vez recuperado físicamente y a la vista de que extrañamente nadie ha sido capaz de encontrarlo

Se adentra de nuevo en ese bosque y -como han hecho otros antes- ata un hilo que le sirva de ayuda para regresar. El lugar está lleno de cintas y cuerdas de distintos colores que -cual hilo de Ariadna en el laberinto mítico- han dejado los que no estaban plenamente convencidos de poder o querer matarse

Arthur da con el lugar donde dejó a Takumi cubierto por la gabardina que le regalara Joan (las dos personas a las que él ha arropado) y descubre que bajo la prenda se halla una bella orquídea…



Más allá de la ciencia

Una orquídea que crece casi sin tierra como la que encontraran los dos amigos en su búsqueda de la salida a ese bosque de desesperación. Takumi entendía que Aokigahara es una especie de purgatorio de almas en el que la orquídea simboliza que una de ellas ha cruzado ese lugar de tránsito y por extensión –añado- este extraño mundo nuestro cuya comprensión nos es tan difícil

Palabras que Arthur antes refutaba y que ahora van calando en su sentir. De ahí que con respeto se lleve esa planta a su hogar americano. Se lleva la planta que le vincula a su amigo y se lleva también un simbólico libro que Joan encargó y que nunca pudo leer

El libro oculto en un sobre que llegó tras su muerte, un sobre que Arthur llevó consigo y abandonó en su travesía por el bosque, un sobre que él encuentra en esa nueva visita como renacido, un sobre que por fin abre –ahora sí plenamente despierto- descubriendo que contiene el mítico cuento Hansel y Gretel

El cuento del que “casualmente” hablaron los dos desesperados en aquella bella noche de amistad, el cuento que es la historia de dos niños abandonados en un bosque, de dos niños desamparados y perdidos como en el fondo son ellos y es Joan –y en mayor o menor medida somos todos-. En definitiva, un cuento –sea cual sea este- que como tal nos vincula a la niña o el niño que siempre anida en nosotros y que desafortunadamente a menudo no atendemos

Los libros de cuentos eran la pasión de Joan, pasión desconocida por Arthur hasta el día de su funeral. Nada sabía el Arthur de antes sobre esa preferencia de su chica, ni sabía cuál era su estación del año favorita o su color predilecto… Todos esos “pequeños” grandes detalles los descubre y conoce –muy a su pesar- cuando ella ya no está

O ¿está de otra manera? Ese es el planteamiento de la película al mostrarnos al final del filme cómo Arthur averigua gracias a un alumno el significado de dos palabras japonesas, los supuestos nombres de las mujeres –esposa e hija- de su amigo Takumi. La traducción de uno es invierno y  la del otro es amarillo

Demasiadas casualidades, el libro de Joan que muestra la realidad que vivenciaron después ellos dos, los nombres de esas mujeres que Takumi menciona y que son la tonalidad y la estación preferidas de Joan. Preferencias que él creía que ya nunca podría  averiguar

Todo ello como un sugerir, un sentir, un percibir misterioso y poético que apunta hacia una mirada distinta de la vida, una mirada que ve en donde otros eligen –consciente o inconscientemente- no ver, una mirada que se da cuenta de las múltiples conexiones existentes entre personas y hechos que no alcanzamos a comprender y que -entiendo- están mucho más allá de lo científico

El Arthur de antes respondía como tal a la pregunta que le hiciera Takumi sobre la existencia de Dios, la suya era una -a mi entender- engreída sentencia: “hay respuestas para todo en la ciencia” y añadía que “Dios es más nuestra creación, más que nosotros la de él”. El Arthur renacido sonríe al saber el significado de esos nombres y vive con mayor confianza. Él creía que Joan se había ido para siempre pero ahora entiende que no es así, la siente y la ve en todo. Bello




 

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