Einvera (Solitude): De la naturaleza humana y el valor de la inocencia

 



Cualquiera que aspire a alcanzar lo mejor de sí mismo o ser un buen gustador de la vida prolonga de alguna manera su infancia y su inocencia. Después con los años, con la observación, con el estudio cada cual a su modo llegará a ser un poco sabio. El sabio y el niño formarán un magnífico dúo

Luis Landero

 

La islandesa Nina Pálmadóttir debuta como realizadora con Einvera (2023) una sensible película que nos sumerge en la amistad entre dos almas solitarias: Gunnar (un sexagenario encarnado con brillantez por el veterano Pröstur Léo Gunnarsson) y Ari (un niño muy despierto al que da excelente vida Hermann Samúelsson). Se trata de una sobresaliente ópera prima que destaca por su belleza estética y humana gracias al retrato del valor de la inocencia más allá de la edad y de nuestra ambivalente naturaleza

 

Debo advertir que el análisis que sigue contiene spoilers



Universos dispares

Pálmadóttir nos transporta al impresionante paisaje de los campos islandeses que desbordan belleza pese a la dureza de su escasa vegetación y clima gélido. En ese universo de naturaleza con mayúsculas ha crecido y ha vivido siempre Gunnar en una humilde vivienda que fuera la de sus fallecidos padres y abuelos

Allí de alguna manera pone en la práctica la franciscana receta “necesito poco y lo poco que necesito lo necesito poco”. En efecto son muy pocos los contactos con sus vecinos humanos y son pocas sus posesiones materiales más allá del hogar de profundas raíces familiares. Sus más preciadas “posesiones” son esa naturaleza mayúscula que invita al silencio y los caballos salvajes que por allí merodean, en especial uno blanco que como comenta la joven realizadora islandesa en una entrevista al medio Hammertonail viene a ser su “ángel de la guarda”

Pero todo cambia cuando se ve obligado a dejar atrás lo conocido debido a la construcción de una presa que simbólicamente ahogará su legado familiar. Se nos muestra como ese hombre de resonancias salvajes (en el bello sentido de la palabra) opta por desplazarse a la gran ciudad

Allí encontrará una casa en un barrio tranquilo buscando descubrir ese universo tan distinto al que hasta entonces fuera su hogar natural. Y en sus silenciosos deambular ciudadano a pie o del permanecer tranquilo en esa vivienda sin historia personal -más allá de algunos objetos como una preciada fotografía de su amigo caballo- el hombre intentará mantener su natural modo de vida



Soledad e inocencia

La suya es una soledad deseada forjada durante años de dominio del silencio y la vida contemplativa, una soledad amiga que lo define y lo “acuna” en un tiempo de ecos pasados

Pero de nuevo surgirá un imprevisto que lo cambiará todo: ocurrirá cuando Ari, un simpático niño vecino, se empeñe en hacerse amigo de ese hombre callado y esquivo. Se empeña el pequeño por su indeseada soledad motivada por la desatención de sus ajetreados padres quienes desbordados por sus obligaciones laborales suelen faltar a citas importantes de su único hijo y a menudo descargan sus tensiones en discusiones que Ari vivencia con dolor

Es bello cómo poco a poco y gracias a la constancia del niño sus soledades se abrazan. Es así por la fascinación que ambos se procesan y por su resonancia armónica. En efecto, a ambos les gusta jugar al ajedrez y sienten profunda empatía por los marginados visualizados en el colectivo de personas inmigrantes quienes encuentran grandes dificultades para ser aceptados como ciudadanos de pleno derecho

Y en ellos dos anida la humanísima inocencia que rechaza las barreras protectoras del temor. Es así en Ari por su condición de niño y es así en Gunnar por su pureza de corazón que parece no haber conocido maltrato alguno

Además, como se ha comentado, en el hombre de la naturaleza salvaje no hay apego posesivo por lo material, más bien lo suyo es sano escepticismo. En este sentido, Gunnar nunca ha tenido televisión ni mucho menos teléfono móvil (lo vemos sobresaltarse cada vez que suena el de su amigo por los reclamos paternos) y no da importancia a pasearse por las calles con una bolsa repleta de dinero

Sucede ese pasear sin temor cuando él decide retirar una importante suma de lo conseguido por la expropiación de su hogar para realizar una donación a una asociación que ayuda a los inmigrantes. Esa acción –como la de comprar un televisor- se genera por la bella resonancia de corazón “anciano” con corazón “niño”



Proyecciones, conveniencias y superación

En esa resonancia, se nos muestra como los dos cada vez comparten más tiempo en el hogar de Gunnar con el beneplácito de los padres de Ari, quienes ven en la disposición amable de su vecino una ayuda necesaria para cubrir sus habituales ausencias

Hasta que un día al recoger a su hijo, la madre malinterpretará que su niño descanse casi desnudo en el sofá. Las sucias proyecciones paternas sepultarán la “presunción de inocencia” de un Gunnar que nada dice para justificar lo ocurrido, ella no pregunta en su convicción malsana y él no explica que se empapó porque llovía y puso su ropa a secar

A esa mala interpretación adulta se le añadirá el egoísta y humano silencio de Ari, un niño listo que pronto comprende que la situación le favorece porque une a sus padres quienes –ahora sí- priorizan el hogar común a sus individualidades laborales

Pálmadóttir concluye su película poniendo el foco en la actitud de Gunnar tras el incidente en un final abierto que ella entiende esperanzador: “Para mí, el final es esperanzador. Él ha superado ciertas cosas. Tiene más valor que antes, sale del encuadre y nos deja ahí” Y es que Gunnar ha obrado fundamentalmente para los demás (Ari y sus padres, los inmigrantes…) pero gracias a este desagradable equívoco tiene la oportunidad de actuar en beneficio propio reivindicándose como inocente. Una -entiendo- necesaria reivindicación adulta de su natural y bella inocencia…

https://www.hammertonail.com/interviews/ninna-palmadottir/




Comentarios

Entradas populares