Cinco segundos: La parálisis de un padre
Somos el
dolor y la cura del dolor, ambos
Rumi
Tu camino
pasa por delante de ti y tus demonios
Friedrich
Nietzsche
Paolo Virzi nos ofrece una sensible ficción
cinematográfica protagonizada por un hombre en crisis profunda tras la muerte
de su joven hija. Cinco segundos
(2025) destaca especialmente por el retrato humano de ese padre de nombre
Adriano, en gran parte gracias a la excelente interpretación del veterano
Valerio Mastandrea
Debo advertir que el análisis que sigue contiene
spoilers
El ausente y sus sacudidores
Adriano ha decidido dejar atrás su vida como exitoso y acomodado abogado para aislarse de todos y todo en una finca rural tan solitaria como él. Abandona mucho de lo muchísimo material que conformaba su día a día para dedicarse a sobrevivir con poco y con pocos. Y en ese abandonar mayúsculo él mismo se abandona tanto en lo que se refiere a los cuidados mínimos personales como de su nuevo “hogar” lleno de goteras y dominado por el desorden. A Adriano poco le importa estirarse en su cama desaliñado con las botas puestas y llenas de barro. El barro de su nueva condición de hombre de campo y el simbólico barro de su lacerante realidad: él “vive” paralizado, como embarrado en un pasado que le impide vivir sin comillas
Sabremos del pasado conforme avance la trama, lo
sabremos por él y especialmente lo sabremos por las personas que sacuden su
aislamiento, su ausencia: una mujer que le ama, la madre de la joven hija, el
otro hijo del matrimonio ya divorciado y una joven vecina que va a
ser madre. En definitiva un hijo y varias mujeres que ya sea en abrazo o en
duro rechazo buscan que Adriano reaccione. Y más aún que se defienda de las
graves acusaciones a las que se enfrenta, acusaciones relacionadas con esa
muerte filial que lo abismó
Despertando al padre
La joven vecina será el motor principal para su necesario salir del lodazal doliente en el que se encuentra, ella se interesará inicialmente por él con un sentido ¿qué es lo que te hace sufrir?. Y tras el rechazo del solitario que nada quiere de nadie poco a poco Adriano se interesará por su vecina, una joven rebelde y libre que convive con otros jóvenes cuidando una finca con viñedos. Un interés sincero que devendrá en cuidado cuando la joven le confiese que está embarazada. Y es que Adriano vivirá ese embarazo como si se tratara del de una hija que va a dar a luz a su primera nieta (niña sí, lo descubriremos cuando nazca porque la joven madre no quiere saber nada de médicos a causa de los problemas psiquiátricos no resueltos de su madre y hermana)
Sea como sea, gracias a ella simbólicamente él
deja de escribir –se pasa mucho tiempo escribiendo- en el oscuro interior de
esa casa y pasa a hacerlo al luminoso “aire libre” de su finca con vistas a los
viñedos vecinos. Y será Adriano quien acompañe su parto natural en una noche de
soledades compartidas dominada por las aguas
Aguas
La joven rompe aguas y da a luz en una noche muy lluviosa. Y bajo esa lluvia Adriano la lleva al hospital por su pérdida de conciencia. Salva a una “hija” en aguas y de alguna manera en ese salvarla “le da la vuelta” a la muerte por volteo en aguas de su propia hija
En efecto, se nos muestra cómo murió esa hija inválida y enferma terminal, murió al volcarse su cayac. Sucedió un luminoso día en el que padre e hijos iban de excursión a un lago, allí la joven pidió probar qué se siente practicando el deporte que ella seguía siempre fascinada en retransmisiones televisivas. Volcó fatalmente cuando el padre la dejó sola para atender su teléfono, llamada que atendió porque ella intuyó que era de su madre. Y en ese atender la dejó sola porque el hermano estaba comprando comida; fue en el fragor de la discusión de las diferencias entre progenitores sobre el cuidado filial cuando Adriano dejó de mirarla/cuidarla. Al darse cuenta de que la barca estaba volcada se quedó paralizado “cinco segundos”
Ese duro visualizar los hechos se nos muestra durante
el juicio por la demanda de su ex mujer y su hijo. Lo revive Adriano en
palabras desgarradas confesándose culpable y pide perdón en
un emotivo discurso que abrirá la puerta al reencuentro entre padre e hijo. Antes, y tras la condena que no implica cárcel, la amiga que le ama le reprocha su
actitud con ironía, pero un Adriano que ha descargado mucho de su sentir ahora le ríe en
amabilidad
Amanece
Más allá de la condena sin cárcel nunca sabrá el padre –ni el resto de personajes, ni nosotros mismos como espectadores- si fue la hija tan consciente de su inevitable mal morir –ese es el dictamen médico de su incurable enfermedad degenerativa- quien quiso aprovechar la llamada materna y la distracción paterna para dejar de sufrir. Sea como sea, Adriano se ha empezado a desembarrar gracias a ese cúmulo de valerosas acciones: asumir su parte de responsabilidad en la muerte filial y su decisivo poder ayudar a una hija que sintomáticamente le confesó haber perdido a su padre
En este sentido tras la noche del auxiliar a la parturienta, lo vemos conduciendo en un simbólico radiante amanecer y cómo se siente feliz al recibir –por fin, tras tanta evitación- un mensaje de su hijo con un “Buongiorno” que promete merecidos buenos días para ambos













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