Los sueños (Yume): De las angustias y las esperanzas
Si miras con cuidado, toda la naturaleza tiene su
belleza. Cuando aparece esa belleza natural, me pierdo en ella. Y luego, como
en un sueño, el paisaje se pinta así mismo para mí. Pero es tan difícil
mantenerlo adentro
Citado en la película
Los sueños (1990) un clásico atemporal que nos sumerge con suma belleza en ocho relatos oníricos aparentemente inconexos, que el mítico
realizador Akira Kurosawa confesó eran sueños recurrentes en su vida. Son
mundos oníricos en los que se vivencian las angustias y las esperanzas humanas.
Sueños que hablan de la infancia inocente, de la tradición cultural, de nuestra
relación con la naturaleza, de la culpa, del egoísmo, del amor, de la muerte…
Temas
trascendentes que afloran en las brumas del inconsciente onírico personal y
colectivo a pesar de que Kurosawa aseguró no pretender buscar significado a
esos relatos soñados. Y es que es casi inevitable —al menos para el que
escribe— dejarse llevar por su fascinación y reflexionar sobre los aspectos
tratados en ellos. Por algo el ya anciano realizador en una de sus últimas
películas decidió sacar a la luz esa intimidad onírica. Probablemente en esa
desnudez quiso hablarse y hablarnos de los claroscuros que compartimos todos en
nuestro tránsito por este mundo que denominamos realidad
Él
mismo dijo que: “Tenemos muchos problemas y es necesario afrontarlos”, plasmar
esos sueños de angustias y esperanzas —entiendo— es una llamada apremiante a
hacerlo. Y hacerlo desde la propia individualidad, cada uno auto observándose y
responsabilizándose de sus inevitables errores para así mejorar su vivir. Ese
parece ser el propósito de Kurosawa quien nos presenta protagonistas que
observan atentos lo que ocurre, lo que les ocurre. Protagonistas todos masculinos y de todas las edades a modo de autorretrato onírico
Las guerras
El
militar que camina a pleno día hacia un túnel oscuro en el sueño El túnel. Un perro
agresivo sale a su encuentro. Con valor prosigue en la negrura de esa
construcción humana y sale a la noche oscura, sólo un débil farolillo rojo
ilumina el nuevo escenario.
Tras
él aparece un grupo de soldados muertos que estuvieron a sus órdenes. Y el
militar revive los errores propios (la orden que los llevó a su muerte) y
colectivos (la absurda guerra que mata las almas de los muertos y los vivos),
les pide perdón y con sinceridad asegura que hubiera preferido morir con ellos.
Permanecen inmóviles en su piel azulada mortuoria hasta que su mando les ordena
que regresen. Y estando nuevamente solo cae de rodillas, es entonces cuando
reaparece ese perro enfurecido.
Esos
hombres sólo obedecen órdenes, son soldados (la comodidad de ser soldado no
sólo en el estamento militar sino por analogía en la vida de cada uno). Todo
soldado entrega la responsabilidad de sus actos a alguien superior. El militar
protagonista lo es para ellos y podría hacer lo mismo delegando su
responsabilidad (al menos en parte) al superior en la cadena de mando o a la
tristemente común excusa “es la guerra”.
Pero
con valentía asume su error ante los hombres que confiaron en él y ahora se
enfrenta a la culpa que —entiendo— simboliza ese perro furioso. Qué necesaria
la valentía de reconocer y enfrentar el error ante los otros. Y qué difícil
perdonarse a sí mismo, abrazar a esa culpa que nos devora
La contaminación
Y
la culpa también de un hombre que se siente responsable de la dantesca
explosión de una central nuclear cercana a un volcán en erupción en el relato
onírico titulado El Fujiyama en rojo
Enfundado
en su traje, un directivo de la planta reconoce que no valoró su potencial
riesgo, habla con propiedad de las coloridas nubes radiactivas que flotan en
ese ambiente infernal. Y diserta sobre la estupidez humana y la inevitable
muerte que les espera.Todo esto lo comenta a una mujer que busca proteger a sus
hijos y a un hombre que acaba de llegar e intenta abrirse paso a
contracorriente entre la muchedumbre que huye despavorida
También
la contaminación radiactiva protagoniza el sueño El demonio lastimero. Demonios
son los humanos que han mutado tras la explosión de unas bombas nucleares. Lo
descubre —una vez más— un caminante solitario forastero que atraviesa un
paisaje desolador sumido en inquietantes brumas
Descubre
a un hombre con cuernos que le relata lo sucedido y le habla de las mutaciones
en todos los seres vivos mostrándole la extraña y escasa vegetación existente
en donde antes hubo un campo de flores. Y añade que ante la falta de alimentos
los otros “demonios” se comen a los suyos más débiles. Sabe que pronto irán a
por él. Comenta que existe una jerarquía y que los de rango superior son
inmortales: “La inmortalidad es su castigo. Torturados por sus pecados, deberán
sufrir eternamente”, le explica mientras detalla esos “pecados”. Es el caso del
productor que prefiere tirar sus excedentes alimentarios para especular con los
precios antes que distribuirlos a las gentes…
La
destrucción del mundo fruto de la insensatez humana en el uso temerario de la
energía radiactiva en estos dos sueños apocalípticos. La crítica a la
prepotencia humana y a la falta de visión de futuro al utilizar los recursos
naturales y generar residuos. Un problema no resuelto que clama solución. Dos
relatos apocalípticos que retratan las consecuencias del egoísmo y la
insolidaridad humanas. Dos angustiosas advertencias en la mente de un maestro
del cine que sin embargo mantiene la esperanza
La naturaleza
La
confianza en el hombre que persiste y no desfallece ante las adversidades. Este
es uno de los mensajes implícitos en el sueño La tormenta de nieve.
De nuevo, la extraordinaria fuerza de los fenómenos naturales. Cuatro hombres
avanzan a duras penas en medio de una tormenta de nieve. Llevan días perdidos
en las montañas intentando regresar al campamento base. Kurosawa nos lo muestra
en bellas tonalidades azules como hiciera Picasso en sus pinturas
Hay
uno que dirige y anima al grupo pero ellos —sumamente agotados— ya han perdido
toda esperanza y se dejan caer. El líder intenta impedir que se duerman y
finalmente cae como ellos. Una mujer coloca una tela sobre él y logra
despertarlo. Muy bella la secuencia de esos cuidados con su larga cabellera y
la tela que le cubre ondeando libremente en contraste con el congelamiento del
hombre. Y él que quiere incorporarse pero ella se lo impide con fuerza casi
asfixiándole, finalmente el hombre se zafa y la etérea mujer se eleva
desapareciendo en el viento que cesa como derrotado
La
tormenta pasó en ese paisaje montañoso y en ese hombre. Reanimado rescata a los
suyos sepultados por la nieve. Ahora pueden ver el campamento que estaba allí
mismo oculto antes por la fuerza natural que lo retaba.
La
fascinante fuerza de la naturaleza —la tormenta y las escarpadas montañas—
simbolizada en esa mujer etérea. Y ante ella la no menos fascinante fuerza de
la naturaleza de un hombre corajudo que mantiene la esperanza. Y la fascinante
fuerza de un pintor que se funde con la de la naturaleza que retrata en su arte
es el tema del relato onírico Cuervos.
El
sueño gira en torno a Van Gogh, ese genio que plasmó como pocos la fuerza de la
naturaleza. Sus cuadros —expuestos en un museo— son observados por un hombre
que acaba entrando en uno de ellos para hablar con el artista. Encuentra a Van
Gogh (interpretado por Martin Scorsese) pintando un campo de trigo quien le
comenta:
“Si
miras con cuidado, toda la naturaleza tiene su belleza. Cuando aparece esa
belleza natural, me pierdo en ella. Y luego, como en un sueño, el paisaje se
pinta así mismo para mí. Pero es tan difícil mantenerlo adentro”
Y
tras ese encuentro, el observador deambula por sus potentes pinturas. Hasta que
vuelve la apariencia real al tiempo que unos cuervos alzan el vuelo sobre esos
campos. El famoso cuadro de los cuervos que el hombre contempla de nuevo en el
museo.
Un
sueño que plasma la fuerza de la naturaleza en el hombre, especialmente en el
hombre que reconoce y ama la fuerza de la naturaleza toda a la que pertenece.
El pintor que se funde en ella para sublimarla y el observador que conecta con
la fuerza de su pintura y deshace la barrera entre lo real y las infinitas
posibilidades de la imaginación, lo onírico, la poesía, la magia… el ancho
mundo de los “locos” y de la infancia que como tal no conoce imposibles
La inocencia
Kurosawa
nos muestra a un niño como protagoniza los dos primeros sueños recreados en su
película. En Llueve y brilla el sol sale un niño de casa
adentrándose en el bosque tras ser advertido por su madre de que allí, tras la
lluvia, los “zorros” hacen sus “procesos nupciales”. En ese lugar observa una
comitiva de adultos y al regresar, su madre le entrega una daga para que se
suicide. Sólo con el perdón de los “zorros” que viven bajo el arcoíris podría
volver a entrar en el hogar
Bellísima
escena del niño en un campo de flores y el gran arcoíris al que se dirige con
valor. Un arcoíris de luz que se abre a unas escarpadas montañas en tinieblas. Ese
campo de flores como imagen del paraíso que es en sí la inocencia infantil.
Inocencia que —entiendo— se ve obligado a dejar (a matar) para adentrarse en la
dificultad y dureza del mundo adulto (las montañas, el hogar adulto)
Ese
mismo niño es el único de su casa capaz de ver a otra niña tan inocente como él
en el sueño El huerto de los duraznos. La sigue —de nuevo el
impulso y el valor de la búsqueda— por el bosque hasta que llega a un claro
donde ve a los adultos quienes lo juzgan corresponsable de la extinción del
huerto de árboles frutales familiar. Su llanto inocente hace que se le obsequie
con el retorno momentáneo de ese paraíso, es bellísima la lluvia de pétalos en
la que se sumerge. Pero tras esa felicidad plena, el paraje vuelve a su
desnudez. El niño desconcertado observa un solitario arbolito florido en el
lugar que antes viera a la misteriosa niña. Lo observa compungido llorando la
pérdida
Nuevamente
la culpa, ahora en el niño inocente como indeseada herencia familiar. La
desconexión adulta del medio natural —de la vida plena— en esa extinción
arbórea que entiendo como imagen de la desconexión de tantos adultos que han
encerrado a su niño interior
No
obstante a pesar de toda esta angustia por la pérdida de la inocencia, por
tantas alas cortadas a lo largo de los tiempos, por la degradación del paraíso
natural que es nuestro planeta… a pesar de tanto, Kurosawa mantiene la
esperanza como hiciera el montañero soñado ante la tormenta de nieve.
Así,
culmina esta excelente película con el relato onírico La aldea de los molinos de
agua, en el cual un forastero observador —cómo no— acude a un
pequeño poblado junto a un río. Un bello paraje de aguas limpias, flores y
niños en libertad. Un anciano centenario le comenta que allí tratan de vivir
como vivían antes los hombres y critica la desconexión del medio de nuestra
orgullosa civilización, especialmente cita a los científicos:
“Serán
inteligentes, pero la mayoría no comprende el corazón de la naturaleza. Sólo
inventan cosas que al final hacen infelices a las gentes”. Y añade que quienes
los inventan se sienten orgullosos de sus inventos y lo que entiende peor: la
gente se siente orgullosa de tenerlos como si esos inventos fueran milagros
Ese
anciano entiende que es bueno estar vivo y se siente agradecido por su vida de
pocos “inventos”. Ha sido y es feliz en ese lugar paradisíaco y no teme a la
muerte. En ese poblado de longevidad celebran la vida del que muere, el
recuerdo de tantos momentos compartidos en lugar de llorar la pérdida del ser
querido. Viven en contacto con la naturaleza y respetan sus procesos. La imagen
de ese poblado rodeado de flores y el agua de vida que mece las hierbas acuáticas
de su río conforman el bellísimo cierre de esta joya cinematográfica
Este
ensayo es la revisión del publicado en el diario cultural CyL














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