Hierro 3: Una historia de amor silente
El mundo cambia
si dos se miran y se reconocen
Amar es desnudarse de los nombres
Octavio Paz
Kim Ki-duk aúna sabia y bellamente la cosmovisión oriental con la occidental en sus películas empleando a menudo simbolismos profundos. Con Hierro 3 (2004) nos sumerge en una historia de amor silencioso forjado en un entorno ruidoso y violento. Una historia que es una crítica luminosa a nuestra egoísta y competitiva sociedad materialista
Respetuoso silencio
Tae-suk (Jae Hee) es un joven independiente, solitario y sin otra propiedad que lo puesto, su potente moto occidental y una cámara fotográfica. Se dedica a ocupar viviendas en una ciudad surcoreana, tiene un ingenioso método para localizar las que parecen temporalmente desocupadas y las usa hasta que sus moradores regresan. Le da igual que sean pisos humildes o casas elitistas
En todas ellas se instala respetuosamente. Y es que pese a no tener reparo en utilizar objetos personales de los que allí viven su actitud es la de un invitado agradecido. Así, les arregla aparatos, les lava a mano la ropa que encuentra e incluso cuida de sus plantas
Y marcha con el mismo sigilo con el que ha entrado –es silencioso y sabe ocultarse- para iniciar la búsqueda de un nuevo hogar que le acoja temporalmente
En cada vivienda él se adapta a la forma de vida y gustos de sus habitantes, se convierte en uno más de la familia. Come y bebe lo que ellos, practica el deporte que ellos practican… Y siempre se fotografía junto a sus retratos
Nada sabemos sobre los motivos que le llevan a vivir así. Parece que en el joven anida la necesidad de pertenecer a una familia que quizás perdió o nunca tuvo. Pero más allá de estas circunstancias personales entiendo que Kim Ki-duk quiere poner el foco en el aspecto social de su peculiar obrar, criticar el creciente aislamiento egoísta de nuestro mundo
En un mundo de
privacidad y recelos, de preocuparse solo por “los míos y lo mío”, el intruso
respetuoso evoca y reivindica la hospitalidad de esas culturas tradicionales
sin cerrojos ni candados en las que el visitante era/es siempre bienvenido y
agasajado. Culturas tradicionales más propias de oriente que se han perdido o
están en serio peligro de desaparición
En resonancia
Pero un día Tae-suck ocupa uno nuevo hogar temporal sin darse cuenta de que allí hay una joven tan silenciosa como él. Sun-hwa (Lee Seung-yeon) se deja ver -tras observarlo en su respetuoso hacer- mostrándose en su dolor sin rubor alguno, la joven está casada con Min-gyu (Kwon Hyuk-ho) un hombre que la maltrata y la tiene anulada por completo
Los dos se observan en silencio cómplice. Frente a las palabras vacuas y los gritos de la posesión forzada de su esposo, el respetuoso silencio de ese joven intruso resulta ser todo un regalo para ella
Ese silencio resonante
de la pareja puede entenderse como el silencio simbólico de quienes no tienen
voz, de los que son ninguneados, de los que se sienten fuera de lugar en un
mundo –este nuestro- en el que dominan los ruidos del no querer escuchar y las
voces de la imposición. El bello silencio que potencia el valor de la mirada y
el gesto
Violencia vs. juego
En este sentido se nos muestra como Tae-suck se acerca en juego silente, el joven –sin ser visto- lanza suavemente una pelota de golf a los pies de ella. Utiliza él los palos de golf con los que el esposo maltratador juega en el jardín descargando su rabia junto a una simbólica escultura femenina o la imagen de su violencia contra Sun-hwa
Por ese maltrato y en solidaridad Tae-suck muta su delicado juego por violencia contra el violento cuando este regresa. La misma pelota que acarició a la chica ahora es su dura defensa. Abatido el maltratador, huyen de allí los dos juntos en su respetuoso y cómplice silencio. Un juntos cómplice pero que comprobaremos es desigual: la vida de ella es compartir la de él ayudándolo y observándolo. Sun-hwa se adapta a todo menos a su jugar al golf, la joven se pone delante de Tae-suck impidiendo que lo haga, un actuar que se entiende como modo de mostrar su rechazo al esposo maltratador y por extensión a la violencia toda
La violencia –un tema recurrente en la filmografía del genial realizador surcoreano- como co-protagonista en Hierro 3: la de Min-gyu sobre Sun-hwa, la de Tae-suck defendiéndola y jugando; y la de casi todos los moradores retratados que los rechazan sin valorar su actitud respetuosa o la del policía que detiene a Tae-suck por la denuncia de uno de esos propietarios
La violencia del forzar, del poseer, del juzgar, del no entender, del no ser capaz de salir de uno mismo… La violencia -en suma- de la rabia por la incapacidad de ser uno mismo, por la incapacidad de ser humano y como tal entregarse al compartir empático
La violencia especialmente descargada sobre el que se muestra en inocencia. Porque el violento -casi siempre hombre- suele ensañarse con las mujeres, los niños y los animales, es decir aquellas partes de él mismo –la feminidad y la animalidad internas y el niño que siempre somos- que maltrata en sí probablemente por su experiencia traumática no resuelta
La violencia tanto física como verbal de quien pretende imponer su –limitadísimo- punto de vista. Es el caso de ese policía incapaz de entender a Tae-suck –otro mirar, otro obrar- y que “entrega” a Sun-hwa sin reparo alguno al maltratador en complicidad machista con un abominable “es toda suya” al tiempo que encarcela al okupa que ella ama
La violencia, ese obrar
inútil –nada perdurable se consigue realmente por la fuerza, lo sabemos- que
golpea tanto a quien la recibe cómo a quien la ejerce. Y que duele tanto al que
va armado como al que va desnudo, la gran diferencia está en la conciencia de
ese dolor en cada uno…
Amar, gravedad cero
Es precisamente por el dolor que los jóvenes protagonistas de esta peculiar historia de amor silente empiezan a acercarse y se abrazan, por ese dolor empatizan uno con el otro, por ese dolor expresan el amor
Se nos muestra cómo él abraza a una desconsolada Sun-hwa en su primer contacto físico. Y a la inversa cómo la joven lo abraza a él tras recibir una paliza de un propietario diestro en el boxeo
Pero a pesar de ese acercamiento hay distancia incómoda entre ellos fuera del conocido/familiar ámbito del dolor. Y es la joven la que da el paso –nunca mejor dicho- buscando el pie de Tae-suck bajo la mesa de uno de esos hogares, los pies desnudos de ambos tocándose como preludio del beso y de la fusión corporal. Sun-hwa ha abierto la puerta al placer, ahora lo comparten todo
Y todo es ya distinto para ambos, especialmente para ella. En su separación temporal por el injusto encarcelamiento de Tae-suck, la joven convive forzadamente con Min pero –empoderada por el amor- ya no se deja dominar
En una de las más bellas escenas del filme vemos como la joven regresa a la casa ajena del primer beso, allí ante el sorprendido propietario se tumba en el sofá de amor; el hombre sonríe a esa desconocida mientras sigue arreglando su estanque en su pequeño patio zen. Y la despedida gestual de Sun-hwa agradeciendo su hospitalidad
En esa escena se visualiza el respetuoso acogimiento tradicional oriental que desafortunadamente es rareza hoy en día y asimismo el espacio zen de ese hogar como reflejo del sentir, del mirar y del obrar sublime de sus moradores. Un maravilloso lugar que transpira calma esencial y que en su día favoreció la consolidación del amor entre los jóvenes
Ambos quieren ahora reunirse para compartir su amor y más que huir, desaparecer- Desaparecer de ese –este- mundo ruidoso y violento al que no se sienten vinculados. De ahí que Tae-suck perfeccione en prisión su depurada técnica del no ser visto. Se nos muestra cómo desconcierta a un carcelero que no alcanza a verlo al tenerlo siempre a su espalda. Simbólicamente es su sombra la que lo delata, su sombra en la rotunda luz solar que ilumina la celda
Así al cumplir la breve condena regresa a casa de la amada siendo invisible para el esposo. Tae-suck se mueve siempre tras él –como con el carcelero- gracias a su depurada técnica aprovechándose del limitado campo de visión humano
Y la bellísima última escena que nos muestra a ellos dos cuando el maltratador ya se ha ido. Siguen con el juego de no ser visto, ella lo arrincona a la pared y se gira para besarle, los dos descalzos sobre la báscula que él reparó cuando ocupó la casa
Una báscula atrancada entonces en el cero y que Sun-hwa vuelve a fijar en su empoderado regreso. El simbólico cero de la ingravidez y del inicio/final de algo o la imagen del desaparecer de este mundo de gravedad y dolor. Un dolor reparado por amor que Kim Ki-duk nos explicita haciendo que se besen sobre el bello retrato de ella que cuelga de la pared, un retrato que Sun-hwa había roto cuando se sentía rota, un retrato ahora de nuevo entero
Esos pies desnudos, ese
beso apasionado, ese cero de ingravidez, ese retrato reparado… Todo como un
volver a empezar, como un regresar al edén perdido, como el despertar de un mal
y persistente sueño sustentado. Así parece entenderlo el realizador surcoreano
al concluir este excelente filme con la cita “Cuesta distinguir si este mundo
es realidad o es sueño”
Este ensayo es la revisión del publicado en el diario CyL














Comentarios
Publicar un comentario