Amélie (Le fabuleux destin d’Amelie Poulain) El valor de vivir amando

 





Pocos saben que, a menudo, nos sangran los dedos a quienes defendemos la alegría. Pocos saben cuánto sabemos del dolor. Pocos entienden nuestro “a pesar de todo”. Como expresa Olga Bernad “No sé qué haría sin mi corazón. Vivir me gusta. Perdonen la alegría”

Carmen Pinedo Herrero

 

El mundo hay que fabricárselo uno mismo, hay que crear peldaños que te suban, que te saquen del pozo. Hay que inventar la vida porque acaba siendo verdad

Ana María Matute

 

Jean-Pierre Jeunet dirigió en 2001 está excelente comedia de tintes mágicos que retrata la vida de una mujer de gran corazón e imaginación (espléndida Audrey Tautou como Amélie). Una bella historia que realza la importancia del azar en nuestras vidas, el valor de vivir de acuerdo con lo que somos y es un alegato en favor del amor como modo de alcanzar la verdadera felicidad que tanto anhelamos

Jeunet rompe moldes en esta peculiar película, rompe por su estética, rompe por su forma de exponer lo que ocurre... En este sentido ya sorprende gratamente la presentación de los personajes que conforman la historia de Amélie en un estilo desenfadado que es reflejo de la personalidad de la protagonista, porque todo está contado y visto desde el sentir de la niña que ella es siempre a toda edad, desde el latir de su enorme corazón, desde la mirada de sus grandes ojos de luz

Y todo se nos muestra en una atmósfera “retro” muy lograda donde la vieja Paris bohemia resurge de sus cenizas, de las cenizas producidas por los fuegos fatuos del arrollador e insensible “progreso” de nuestro tiempo. Atmósfera lograda gracias a la iluminación cálida, el predominio de los tonos próximos (rojos, naranjas, amarillos, verdes…) que crean un ambiente acogedor y amigable, Jeunet crea hogar aún en las calles

 

Debo advertir que el análisis que sigue contiene spoilers

 


“Princesa” encerrada

No es casualidad que la acción transcurra en la época en que murió la mítica princesa Diana de Gales. Una mujer muy querida por el pueblo, una mujer rechazada por su esposo y por su suegra, una mujer de espíritu libre encerrada en una jaula de oro y brillantes, una mujer bella en el sentido amplio de la palabra cuyo final aconteció en el simbólico túnel de la plaza del Alma; potente nombre para una plaza que alberga la réplica de la llama de la también muy simbólica estatua de la Libertad neoyorquina. La libertad que Diana encarnaba y que quedó limitada al entrar en la realeza. Triste realidad la suya siendo princesa en una inútil-incómoda-detestable lujosa jaula

Y “princesa” en una jaula es también Amélie, pero su jaula para nada es de lujo elitista sino de multitud de colores fruto de su gran imaginación y vitalidad

En este sentido la historia de Amélie es la historia de una mujer que cuida a la niña que fue, es y quiere seguir siendo. Una mujer muy imaginativa que desarrolló al máximo esta capacidad innata a toda niña o niño como defensa-refugio ante la falta de amor-apoyo de sus padres. Amélie es una chica muy sensible y amorosa a quien siendo niña le latía fuertemente el corazón cuando su padre la auscultaba (lamentablemente sólo con este fin la tocaba) por lo que la creyeron enferma cuando los enfermos eran ellos en su incapacidad de amarla, en su incapacidad de amar. Esa falsa enfermedad de corazón aisló a Amélie en casa privándole del necesario contacto con otros niños

Por eso Amélie, pese a ser de naturaleza alegre, siente la tristeza del no-amor paterno agravada tras perder a su único amigo: un pez rojo que su madre le obligó a liberar. La compensan regalándole una cámara fotográfica que será su mejor amiga. Es bella su mirada a la naturaleza que la rodea

Pero un día ella presencia un accidente automovilístico y un vecino le asegura que su cámara provoca accidentes. Y en esa culpa impostada Amélie se siente aterrada por tantas fotografías hechas creyéndose culpable de la multitud de tragedias que la televisión muestra insistentemente; pero al darse cuenta de que no es así decide vengarse desconectando los cables de la antena provocando la ira de su distante padre quien pronto va a quedarse viudo

En efecto, la madre muere en un accidente cuando acude a la iglesia a pedir un hermanito para Amélie. Una mujer suicida se le cae encima, todo un símbolo del suicidio que es su no-vida y  el suicidio que es su deseo de tener otro hijo al que abandonar emocionalmente



Liberándose

Sin madre y con el padre aún más lejano por su ausencia, Amélie se refugia más si cabe en su mundo imaginativo. Y a la primera oportunidad abandona la casa trasladándose al viejo París donde encuentra trabajo como camarera en un café

Amélie sigue siendo una chica muy observadora, especialmente observadora de la gente. Ella ama la vida “a pesar de” lo vivenciado en su no hogar y ella tiene una gran capacidad de amar a los demás; su “problema” es la costumbre de vivir en su especial mundo donde la imaginación reina, un mundo muy distinto al de la mayoría de la gente, un mundo que al protegerlo tanto se torna solitario

Todo empieza a cambiar cuando encuentra una cajita escondida en un hueco de su baño. El baño o el lugar del agua y del espejo que reflejan, el lugar privado-íntimo donde una o uno suele observase-reconocerse-arreglarse, todo un símbolo del reconocerse o descubrirse personal que se va a ir produciendo en ella a partir de ese hallazgo “casual”

La cajita contiene objetos que pertenecieron a un niño que hace muchos años vivió allí. Amélie tiene ahora un objetivo concreto que le hará abrirse-relacionarse más con la gente porque ha decidido dedicarse a encontrar al dueño de ese “tesoro”. Nuestra protagonista se entrega totalmente al azar que le ha hecho un guiño con ese hallazgo, ella se entrega con naturalidad a las casualidades de la vida, esas pequeñas grandes pistas que a menudo no advertimos y que si las seguimos suelen sernos beneficiosas. Y en esa entrega, ella va a acabar encontrando el auténtico amor que tanto merece

Le será de gran ayuda su anciano vecino Dufayel al que ella a menudo observa pintando siempre el mismo cuadro. El hombre le comenta que el único personaje que le cuesta capturar es el de la chica con el vaso de agua “está en el centro y sin embargo está fuera” le dice, Amélie sabedora de que así se ubica ella en la vida comenta  “quizás sea distinta a los demás” Esa semejanza de mujeres que ambos conocen ha creado un fuerte lazo entre ellos, así hablando de la mujer del cuadro hablarán de Amélie y los acertados comentarios del pintor serán fundamentales en su reconocimiento-descubrimiento para arriesgarse a salir de su voluntario encierro

En efecto, gracias a Dufayel ella localiza al hombre que siendo niño escondió la cajita y observa cómo se conmueve al recordar su niñez. Ella observa pero aún desde la protectora distancia del no ser vista-reconocida como “mayor” garantía de no ser nunca más herida

En su sentirse útil vemos a Amélie satisfecha atravesando un puente del Sena y como en su camino va ayudando a los demás. Amélie ha empezado a ofrecer su enorme riqueza al mundo de todos

En este sentido ella se ve como una Don Quijote o una El  Zorro decidida a combatir al implacable molino de todas las miserias humanas. Así, también actúa “castigando” a quienes maltratan pero de forma divertida e inocente. Es el caso de su padre a quien roba su amado enano del jardín enviándole fotos en las que aparece fotografiado en distintos lugares del mundo



Entregándose

No obstante el gran reto para Amélie va a ser un hombre que tocará su corazón piel a piel. Un hombre que conoce por la gracia del azar –cómo no- al que ella se ha entregado. Nino –así se llama él- es también una persona muy sensible, y como toda persona muy sensible no le es fácil vivir en este mundo acorazado nuestro

Su encuentro se produce junto a un fotomatón en una estación de tren, allí se conocen o re-conocen como sugiere sutilmente Jeunet en su voluntad de ensalzar el papel del azar en nuestras vidas y el misterio que este entraña

Ese encuentro regenerador tiene una potente simbología: La estación o el lugar donde los trenes -imagen de las vidas de cada uno de nosotros- convergen y donde se pueden producir enlaces con otros trenes u otras personas-vidas, bella simbología del vivir. Y el fotomatón o las fotografías íntimas sin fotógrafo realizadas tras la cortina que permiten dejarse ir mostrándose con mayor libertad

Pero pese a tanto a favor en Amélie permanece el miedo a salir de su “confortable” refugio para tocar al otro y experimentar toda la sensibilidad que encarna desde el desnudo absoluto

La vemos en casa en su cama mirando el álbum de fotos de Nino que contiene las que él recoge de las desechadas por los clientes del fotomatón. Un álbum que Nino perdió y ella recogió, lo mira y observa en su mesilla una nota en la que el joven la reclama. Y va a su encuentro descubriendo sus varios trabajos; uno es en el tren “fantasma” de una feria al que ella sube (toda una alegoría al valor que empieza a despertarse en Amélie para poder enfrentar y superar sus miedos) y se nos muestra como Nino disfrazado de esqueleto (la muerte que supone el entregarse al amor cuerpo a cuerpo que ella desea y teme) se coloca tras ella acariciándole la cara

Al acabar su jornada Nino encuentra una nota de Amélie que le cita al día siguiente, una nota escrita tras una foto de su álbum que son cuatro caras de un hombre, caras que por la noche le hablan sobre ella afirmando que es hermosa y está enamorada de él. En realidad Nino no sabe quién es Amélie y las caras le aseguran que “La conoces desde siempre. La conoces en tus sueños” o la alusión a la misteriosa sabiduría del azar que los ha reunido

Amélie le ha preparado un juego de pistas con sugerentes preguntas y equívocos protectores. Finalmente se nos muestra como ella se deshace literalmente en agua. El agua de su impotencia-miedo-vergüenza-dolor-placer, el agua de sus sentimientos reprimidos-guardados simbolizados en el vaso que sostiene la enigmática mujer del cuadro; el vaso desbordado, el vaso que ya no puede soportar más tanta contención y que estalla salpicando su vida

En este sentido la vemos en su casa mientras se imagina a Nino en la calle bajo la lluvia y llegando a su portal, entrando en la casa y acercándosele por atrás (por atrás como en el tren fantasma, por atrás que sin miedo es la agradable sorpresa deseada). Y suena el timbre, es Nino que la llama por su nombre, los separa sólo la puerta roja del cálido hogar de ella (del cálido hogar fuego que es ella)

En una bellísima escena vemos como Amélie acaba reaccionando y al abrir la puerta de su hogar se lo encuentra frente a frente. Lo lleva dentro y en respetuoso silencio lo besa con lenta ternura pidiéndole que él haga lo mismo, así es

Por fin Amélie se ha arriesgado, ha encontrado en Nino el que parece ser una pareja perfecta. Se ha arriesgado a vivir amando ya en la proximidad sin protección alguna. Ella se ha demostrado valor y disfruta de los beneficios del compartir su riquísimo mundo

Y ese disfrutar, esa alegría se extiende a su alrededor. Dufayel decide dejar de pintar siempre el mismo cuadro (ha encontrado a la mujer del vaso, la ha entendido y le ha ayudado a liberarse definitivamente). Incluso el distante padre cambia, los “viajes” de su enano le han estimulado a salir él de su luctuoso encierro

Por todo ese cambio se nos muestra a la pareja radiantemente feliz en su humilde motocicleta recorriendo el bellísimo viejo París. Final feliz, y como bien expresa Olga Bernard “perdonen la alegría”

 

Este ensayo es la revisión del publicado en el diario cultural Cine y Literatura




 

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