El árbol de la vida: Buscando el origen y la significación del mundo
En el jardín del corazón es donde hay que sembrar las simientes para la fertilidad vital, en el planeta y en cada uno de nosotros
Mireia Rosich
Terrence Malick nos ofrece una muy sensible película que retrata la historia de los O’Brien, una familia estadounidense de clase media formada allá por los años 50 del siglo pasado. Una historia particular -de tintes autobiográficos- con distintas conexiones espacio-temporales como indagación a la significación metafísica del mundo en general y del ser humano en particular poniendo el foco en nuestra marginada naturaleza femenina
El árbol de la vida (2010) se disfruta por sus artísticas imágenes que ensalzan la
belleza de la naturaleza toda
con gran protagonismo de la luz solar y por la excelente labor actoral de un
reparto que encabezan Jessica Chastain (la madre), Brad Pitt (el padre) y Sean
Penn (Jack adulto)
Debo advertir que este ensayo contiene spoilers
Dios versus Diosa
Uno de los temas principales de la película es la indagación
entorno a la existencia de Dios. Sabemos que desde tiempos inmemoriales la
humanidad ha creído en Dios, Diosa o Dioses. En muchas ocasiones como alguien
superior externo al ser humano y con tendencia a la severidad. En otras -de
modo más vinculante- como alguien interno que nos conecta a todos, a todas y a
todo lo creado
Curiosamente
Dios en catalán es “Déu”, vocablo que sin acento significa en este idioma el
número diez, un diez que es la cifra del sumatorio de la perfección de los
antiguos griegos. En esta asociación aditiva “catalana” late el sentir
universal de un Dios interior, de un Dios que somos todos los seres sin
excepción en armónica y misteriosa comunidad pese a las a menudo
desconcertantes apariencias
Es
de notar que comúnmente se habla de Dios y no de Diosa reflejando en esa
priorización la masculinización reinante en nuestro mundo desde hace tantísimo
tiempo. Una masculinización que se hace también patente en la mayoría de las
religiones, organizaciones, sectas, asociaciones… que se consideran supuestamente
representantes de la divinidad y en las que lo más habitual es que la femineidad
sea casi anecdótica: es decir que en su ser y hacer se evidencia la falta de madre
o que esta figura arquetípica esencial es relegada a un papel secundario a la
sombra del padre, una marginación que denota la falta del auténtico amor a
corazón desnudo que ella encarna en esos colectivos humanos
En
efecto demasiados de estos grupos son de y por poder, incluso algunos de ellos
pese a pregonar seguir sendas de amor. Son grupos de poder que suelen estar muy
vinculados a lo “masculino ciego y distante”, al dominante histórico patriarcal
de la competitividad o a la lucha por ser el mejor (mientras que la femineidad
sabe que no hay mejor, sabe que hay ricas diferencias que nos engrandecen
individualmente y comunitariamente), luchas lesivas vinculados a la ambición y
a las posesiones materiales exclusivas… son grupos con tendencia a despreciar e
incluso humillar o combatir a los que no son “de los suyos” o a los que cuestionan
su entender rotundo… Grupos de hombres y mujeres desconectados de la femineidad
que son/somos y que en esa carencia esencial han cometido y cometen aún hoy
atrocidades de todo tipo, en muchos casos lamentablemente “en nombre de Dios”
En
la película, la familia O’Brien se nos presenta muy religiosa
cristiana-católica como tantas en la sociedad occidental de su tiempo. Así, ellos
acuden a misa y siempre rezan antes de comer. Pero la madre por su actitud
vital de amor, desprendimiento y entrega encarna la cristiana auténtica especialmente
por su vinculación a la Diosa Madre femenina
En
efecto, la madre O’Brien ama a sus tres hijos por igual, a su marido y al
prójimo necesitado (se nos muestra como ella es la única de su comunidad que da
de beber a un detenido por la policía) Una mujer madre que vive feliz y
agradecida al que llama señor, que vive en paz, que vive según confiesa sintiéndose
en “estado de gracia” (o la pura aceptación de todo a sabiendas que en la
gracia y pese a las apariencias nadie “termina mal”)
Pero
muere el hijo pequeño siendo adolescente. Allí ella entra en profunda crisis de
fe que deriva en preguntas a Dios: ¿por qué?, ¿dónde estabas tú?, ¿lo sabías?,
¿qué somos para ti?, ¿qué ganaste? Y en la iglesia a la que ella acude en familia
la vemos escuchando la mítica historia de Job, un hombre que lo pierde todo y pese
a ello sigue confiando en Dios, todo como alegoría de las vivencias en las
oscuras sombras de los O’Brien, en especial de la madre O’Brien
Oscuridad
y luz vivenciadas intensamente que conforman la dupla esencial de los opuestos
cooperantes de este enigmático y fascinante mundo nuestro. En este sentido
Malick nos muestra bellamente su visión de la creación, del vínculo entre los
seres, de la vida, de la muerte, de la cueva-matriz, de la estructura
helicoidal generacional, del tiempo, del reencuentro más allá de este
espacio-tiempo, de la compasión o el fin de la mortal lucha, de la vida eterna…
De alguna manera -entiendo- nos ilustra a cerca de su visión de Dios o más bien
Diosa por esa resonancia femenina en su sensible mirada que deviene de su
propia vivencia familiar
Destacar
la imagen simbólica de la tenue luz de una llama sobre fondo oscuro que se nos
muestra al inicio y al final de la película; imagen, a mi entender, del “y se
hizo la luz” de la creación de todo. Un se hizo la luz germinal, suave,
humilde, sencillo, pequeño… vinculado a los seres queridos (oímos la voz del
hijo mayor Jack mencionando a sus progenitores), a la paz y a la libertad
(escuchamos el suave sonido de la mar y las aves) Una luz germinal
humilde pero precisamente por esa condición se entiende como Luz realmente poderosa,
energía de verdad pura como la de tantos pequeños pero grandes héroes y
heroínas míticos a lo largo de los tiempos; con esa luz tenue Malick nos
ilustra una visión mística del origen de todo ofrecida como un delicado y
exquisito haiku audiovisual que nos envuelve en su calor de hogar auténtico
atemporal
Como
se ha comentado es de notar que la historia ficticia de la familia protagonista
tiene conexiones con la historia personal del propio realizador. En efecto, su
hermano Larry se suicidó en España cuando estudiaba guitarra con el mítico
Andrés Segovia y en la película el hermano fallecido toca la guitarra española.
De hecho, Malick tenía dos hermanos y vio morir al único que le quedaba sumido
en el anteproyecto de El árbol de la vida. Hay una dedicatoria a los dos
en los títulos de la película. Así, hemos de comprender que Jack (el hermano
mayor protagonista del largometraje) es un alter ego del propio director
En este sentido resulta significativo que de los cinco miembros de la familia O’Brien, Malick sólo nos haga saber un nombre: el de Jack. No conocemos los nombres de la madre, ni del padre, ni de los otros hermanos, ni de nadie más. Una excepción que se entiende como recurso para dejar claro que la historia retratada está básicamente centrada en cómo la ve y la vivencia él a modo de único “heredero” del legado familiar
La madre y el padre
La
madre es la base de la familia, ella encarna el acogedor calor del hogar que
proyecta y ofrece a los cuatro hombres de la casa. Es una mujer entregada,
amorosa, feliz, disfruta jugando (cuando no está el padre juega con los tres
chicos como una igual: se sube a las camas, corre, salta, los despierta
pasándoles cubitos de hielo en la planta del pie o espalda…), le encanta ir
descalza por el jardín sintiendo la tierra, le gusta mojarse cuando riega, sabe
contar cuentos…
Y
ella siempre busca suavizar los muchos momentos de tensión y dureza que el
padre genera. Una madre siempre próxima a sus hijos dándoles benefactores
espacios de libertad y a quienes bellamente les dice que se ayuden entre ellos,
que amen a todos, a toda hoja, a todo rayo de luz, que perdonen…
Así,
ella es una mujer bella en toda la grandeza de la palabra. La vemos incluso
enfrentándose enrabiada a su esposo cuando este ha sido tremendamente injusto
con los chicos y llorar de impotencia ante la imposibilidad de hacérselo
ver-entender a ese hombre de sensibilidad encapsulada
Un
hombre que ante todo quiere inculcar a sus hijos disciplina y fuerza para
“enfrentarse” a la vida al más puro estilo militar (por eso les ordena que le
llamen señor o padre, nunca papá) aunque lleve un artista dentro que se expresa
tan solo cuando oye o interpreta música. Y aunque tiene sus momentos de juego
con sus hijos no puede evitar ser estricto en todo. Su disciplina se hace muy
patente especialmente durante las comidas donde su férrea ley se impone a la calidez
del hogar que encarna su mujer
Pero
pese a sus diferencias, los padres se quieren cada uno en su forma. El padre
nunca agrede físicamente a su mujer como lamentablemente hacen tantos
conciudadanos tal y como queda patente en la escena de desbordada rabia de ella
contra el padre absolutista, el hombre la bloquea pero cuidándola amorosamente
(porque la rabia del esposo la descarga en sus hijos). Pero pese a ese cuidado,
el día a día de disciplina estricta que él impone es un duro maltrato a la
naturaleza libre de su amorosa mujer
En
este sentido es significativo que el padre pregunte recurrentemente a sus hijos
si le quieren, en ese preguntar se evidencia su necesidad de que le quieran por
alguna carencia personal que le limita. En cambio, la madre se sabe querida y
son los chicos los que le preguntan a quién de ellos quiere más, y ella en su
amor mayúsculo les contesta con su dulce voz y sus caricias la verdad que
encarna: que a todos por igual (en sus singulares diferencias)
Jack, el hijo
Las
siglas de Jack O’Brien tal y como observa acertadamente Iker Zabala en su
excelente artículo Autobiografía sentimental de Terrence Malick (véase
enlace al final) nos dan el nombre de Job, el personaje bíblico de referencia
en esta película
Jack
es el paciente observador de lo que ocurre en su familia y también de lo que
sucede en la comunidad residencial donde viven. Su mirada es extremadamente
profunda, reflexiva y serena
Jack,
a su modo, es un pequeño héroe. No en vano el nombre Jack está asociado al
cuento de hadas inglés Jack y las habichuelas mágicas donde aparece un
chico que encuentra tesoros y vence a un horrible gigante trepando un árbol
enorme; y precisamente un gran árbol da título a la película y preside
simbólicamente el jardín familiar de los O’Brien
Un
paréntesis a propósito del riquísimo simbolismo del árbol. El árbol se
considera como un símil de perduración en el tiempo, de generaciones y
generaciones de vidas que se conectan, de historias, de sufrimientos, de
incomprensiones, de distancias, de desgarres… y a su vez su fresca sombra y
protectora copa evocan lo mejor de la vida: alegrías, fiestas, charlas,
columpios, niños trepando, enamorados, casitas en contacto con la naturaleza, ricos
frutos, bellas flores, todo tipo de pájaros, descansos…) Y más muchos más
simbolismos, también de la esfera trascendente
Retomando
a nuestro héroe Jack es de notar que lo es fundamentalmente porque ya en la pre
adolescencia toma consciencia de lo que sucede y actúa en consecuencia. Así, se
enfrenta al padre en distintas ocasiones por su disciplina absurda y sus
castigos arbitrarios. Un Jack a menudo enrabiado al que vemos tentado a
quitarle el gato al coche familiar cuando su padre lo repara para así
aplastarlo. O rogando al Dios católico un contundente ”por favor mátalo,
llévatelo de aquí”
Y
un hijo que no obstante también se revela en una ocasión con la madre por su
total sumisión al padre, una sumisión que sabemos era difícil de revertir en
ese tiempo retratado
Sea
como sea y por ese comprometido vivenciar, Jack se da cuenta del maltrato a la
mujer ejercido por muchos hombres de la comunidad y ve con sumo desagrado como
su padre coquetea con alguna joven
Y
a pesar de vivir impregnado del ambiente cálido y amoroso materno lo vemos
jugar con otros chavales con actitudes violentas. En ese actuar se evidencian
las sombras de la influencia paterna, un hombre que le da otra visión de la
vida -necesaria pero sesgada- asegurando que su madre es muy ingenua y transmitiéndole
a la idea de que “si eres bueno se aprovechan de ti”
Así,
le enseña a ser fuerte, le revela el valor de ser uno mismo, de atreverse a hacer
lo que sea aunque otros le digan que no lo va a poder realizar. Y sabiamente le
recomienda no rendirse nunca. En general sus enseñanzas son energía masculina
en luz que entiendo necesarias como complementarias a las de femineidad amorosa
maternas para llegar a ser empático pero sin dejarse anular
Aunque
como desafortunadamente les ocurre a tantos padres y madres, él se proyecta en
su hijo; pretende entregale su testigo vital (como el corredor saliente hace
con el entrante en las carreras de relevos) de aquello que no pudo o no supo
realizar. Así, le hace prometer que no hará lo que hizo él (soñaba en ser un
gran músico y lo dejó pasar) y de alguna manera le impulsa a ambicionar ser exclusivo
como señal de “éxito”
Sólo
cuando el padre pierde su trabajo y tienen que mudarse a “menos” el hombre se
desprende de su máscara y admite su dureza asegurando que no se enorgullece por
ello. Y Jack le contesta que es tan “malo” como él convencido de parecerse más
al padre que a su madre. Es bella la respuesta de un padre ya más amoroso que
es capaz de llamarlo “mi dulce niño” mientras lo abraza cariñosamente. Porque tras
la disciplina auto impuesta está (y estuvo) el amor natural de padre
En
salto temporal se nos muestra como Jack se convierte en un arquitecto de éxito.
Lo vemos en su oficina en un entorno de rascacielos transparentes en un espacio
abierto sin prácticamente paredes divisorias, pero en cambio él dice sentirse
como chocando con las paredes. Parece ocurrirle lo que les sucede a tantos
hombres y mujeres de supuesto éxito: por mucho prestigio o muchas posesiones
que se tengan, se sienten mal consigo mismos
Y
Malick nos ofrece una serie de imágenes de distintos escenarios: Jack de niño
con sus hermanos en el río jugando y siendo adulto trajeado en un paisaje seco
y rocoso preguntándose a sí mismo sobre su hermano muerto: ¿cómo te perdí?,
¿erré?, ¿te olvidé?
A
mi entender, Jack ha acabado -a su pesar- más en el mundo del padre que en el
de la madre. Simbólicamente al paisaje seco y rocoso donde se ve él mismo como
adulto evidencia que le falta la riqueza femenina: la tierra esponjosa, la
tierra húmeda, la tierra fértil, el agua pura de vida, la rica vegetación… que
sí está/estuvo presente en el entorno maternal del Jack niño: el jardín, el
árbol, el río…
Y
como adulto además le vemos viviendo en una casa de diseño sin sabor a hogar.
Tanto en su vivienda como en los rascacielos urbanos laborales domina lo masculino.
Y la femineidad queda relegada a pequeñas “notas” desnaturalizadas: un árbol
aquí, un poco de césped allá… todo desde la distancia de lo masculino
desconectado de la naturaleza femenina: desde la asepsia, desde el temeroso control
férreo de la naturaleza femenina (que no quiere ser controlada ni reprimida,
sino que quiere ser entendida y abrazada, que quiere dejar de descargar rabia
para danzar en complementariedad)
Pero
afortunadamente Jack se propone recuperar la femineidad. Así en sus imágenes
oníricas, aparece su madre en ese desolado paisaje rocoso y seco. La mujer
lleva un amoroso vestido rosa, él la sigue, traspasan un umbral y se ve la
simbólica ductilidad de la tela de su vestido al viento, momento en que Malick
decide mutar a imágenes de la creación y de la Tierra con la voz de un Jack
entregado: “cuídanos, guíanos hasta el final de los tiempos” y la dulce voz de
la madre “sígueme”
Hasta
que el hijo llega a una playa tranquila con dos orillas (que entiendo como
imagen de la dualidad del mundo que se abraza suavemente en la liberadora danza
que todo lo acoge) donde hay personas de su infancia caminando, Jack se
arrodilla y una mujer lo acaricia, un arbolito (la evocación de la renovación
gracias a un esperanzador árbol de vida en mayúsculas), muchas gaviotas, la
estrella solar que está baja y rojiza (luz y temperatura suaves)…
Y
ve a su madre feliz con un vestido verde (la naturaleza exultante) y se
abrazan, ve a su padre y se pasan la mano por el hombro (la camaradería
masculina, la satisfacción por la tarea realizada de comprensión), a su hermano
pequeño fallecido tal y como era de chico (la necesaria recuperación del niño
sensible e inocente –ese niño era el que más se parecía a la madre- que este
encarnaba y que somos todos), una puerta que se abre bajo el agua (las
nutrientes aguas de los tiempos-de tantas historias que nos resuenan, la
comprensión y la aceptación de los sentimientos, de la femineidad esencial… y
la alegoría de Jonás saliendo de la cueva-ballena matriz del
renacimiento), una máscara negra que cae al fondo de la mar (el soltar las
conveniencias protectoras-limitadoras del “éxito material” para así poder
llegar a ser realmente uno mismo)… y muchísimas imágenes más que están abiertas
a múltiples interpretaciones
Y de nuevo Jack en su entorno de rascacielos, pero ahora con una sonrisa que interpreto como un ¡lo conseguí! Un éxito real que es mérito propio y que asimismo se fundamenta en sus raíces paternas-masculinas y especialmente en las maternas-femeninas, una consecución que va más allá de lo individual y que obedece a las voces de los tiempos -a menudo calladas violentamente- familiares y en general de la humanidad toda. Así, Jack sonríe en la conciencia del árbol de la vida familiar y global
A María, mi madre quien como tantas mujeres -y hombres- de feminidad sensible sufrió el ninguneo de una familia y una sociedad de modos patriarcales
Agradezco a Iker Zabala su artículo Autobiografía sentimental de Terrence Malick publicado en la página https://www.jotdown.es/ que me ha ayudado a conocer mejor a este gran director estadounidense
Este
ensayo es la revisión del publicado en el diario CyL
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